¿Cambias o te cambian?

 Esta vez te traigo una serie de post sobre Cambio personal + Journaling. 

E inauguramos con esta pregunta que merece un poco de atención, cuando has cambiado ¿Lo has hecho tú o la situación? 

¿Cómo has gestionado tus propios cambios personales? 

Todo ser humano busca el cambio, la mejora, el bienestar y sentirse lo mejor posible ¿No? Pero a veces esta búsqueda nace de diferentes motivos y se encamina a cruces diversos. 

Mejorarnos como individuos es una tarea que compete a cada una. Hoy quiero contarte de 2 tipos de cambios, uno en el que tú intervienes y otro en el que las condiciones te empujan a cambiar. 

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Los 2 tipos de cambio personal

El journaling, por más que suene a comercial de la media noche, es para mí una herramienta imprescindible de cambio personal, porque llega un momento en que tienes que abandonar paradigmas, creencias y conductas si estas te están jodiendo la vida.

¿Pero cómo se consigue eso?

La legendaria frase de “Si quieres resultados distintos haz cosas diferentes” tiene tanta sabiduría comprimida que a veces se nos escapa la esencia.

Porque el cambio suele ser aterrador, el cambio implica riesgo, saltos al abismo, ansiedad y claramente una alteración de tu equilibrio. Pero es inevitable, las personas cambiamos incluso cuando no queremos. La necesidad de cambio puede golpearte con un acontecimiento que te mueva los cimientos y otras veces puede ser un acto consciente en el que la necesidad surge poco a poco, en una transición paulatina y trabajada.

Por experiencia, el primer tipo de cambio es el más rápido y doloroso, a veces supone un cambio superficial que no termina de conectar contigo misma y te hace sentir incómoda. Mientras que el segundo implica una inversión en ti misma.

Nos cambian un montón de cosas.

La muerte, la enfermedad, el amor, la decepción…

También cosas muy puntuales, una frase, una idea, un libro…

Como aquella tarde en que, mientras leía, una frase se me cruzó y se me quedó atascada en la garganta: Y pensar que no estamos muriendo.

 

Y pensar que me estoy muriendo…

Y no he dicho lo que quería decir

Y pensar que me estoy muriendo…

Y no he besado lo que quiero besar

Y pensar que me estoy muriendo…

Y estoy viviendo a medias.

 

Cada vez que remembro las veces que experimenté un cambio radical, fueron cambios provocados por situaciones ajenas a mi control. Era cambiar o morir.

Pero con el tiempo sostener esa “nueva yo” era imposible. Algo no encajaba, me sentía ajena en mi propia piel, me buscaba por los rincones y me abandonaba a la idea de que esta era la única forma de ser yo. Porque de otra manera, me volverían a dañar.

Y en un momento llegué al punto de quiebre, de darme cuenta que no podía continuar con esa situación, que nuevamente tenía que cambiar y esta vez, hacerlo de forma consciente. Responsable, comprometida.

 

El cambio generado por el quiebre

 El cambio personal generado por quiebre duele mucho y responde con mayor frecuencia a situaciones del exterior que despiertan emociones como el dolor, la inseguridad, el miedo, el rechazo, el pánico.

Cambiamos después de la muerte de un familiar, una enfermedad difícil como el cáncer, un accidente o tras consecuencias graves después de un fenómeno natural. Pero también cosas menos dramáticas, como un despido, la quiebra, una ruptura amorosa, etc.

Es una especie de explosión emocional, de ruptura de paradigmas que creíamos inamovibles y que ahora nos arrojan al abismo. Es donde fácilmente puedes aplicar esta frase:

 

“Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción”

 

Desventajas: Este tipo de cambios a veces son demasiado abruptos y condicionados al contexto, una vez pasada la etapa de dificultad, al regresar al equilibrio, esta nueva forma de ser y entender el mundo, no es precisamente sostenible en el tiempo.

Y la otra es que, a nadie, a menos que sea masoquista, le gustaría pasar por cualquier momento traumático. Si se puede, honestamente, yo preferiría vivir sin semejantes escenarios.

 

El cambio generado por voluntad

 Este tipo de cambio es el más duradero y sostenible, es el cambio que se busca, aunque la incertidumbre te genere miedo.

Usualmente cuando buscas este proceso, es porque quieres pasar de un punto A a un punto B, es porque has detectado que algo que haces hoy, te está alejando de lo que quieres tener o de lo que deseas ser.  

Tal vez hoy eres super desorganizada y esto está afectando tu desempeño laboral, causándote estrés. Así que buscas cambiar el desorden de tu vida.

O te has percatado que tu forma de tratar a las personas las aleja de ti, te sientes sola y te animas a buscar un cambio de conducta.

Incluso tu última ruptura amorosa te hizo abrir los ojos a algo que tal vez no habías notado: una baja autoestima que sabotea tus relaciones.

 La clave aquí es: QUIERO CAMBIAR, PORQUE QUIERO ESTAR MEJOR.

Por ello, este tipo de cambios, conllevan un chute de motivación al inicio que debe sostenerse con perseverancia y compromiso. Es como quien inicia un cambio de hábitos alimenticios.

Ella quiere cambiar su forma de alimentarse porque quiere:

  1. Verse más guapa y sentirse más segura para ligar el sábado por la noche

  2. Sufre de colitis y la vía más recomendada por su doctor fue un cambio de hábitos

Como ves, las motivaciones pueden ser muy diferentes, pero la meta es la misma. Dicho esto, la motivación por si sola no basta, se acaba y diluye entre las manos con el paso de los días y las semanas. Joder, que a los 25 días de haber dejado el café y la azúcar capaz tienes ganas de mandar todo al carajo y regresar a tus viejos hábitos.

Y es ahí donde se reafirman los 3 pilares que te conté antes:

Conciencia (Estoy cambiando porque yo decidí cambiar y estoy siendo testigo participe de cada paso que doy)

Responsabilidad (Yo he tomado este camino y en mí quedan las consecuencias positivas o negativas de continuar o abandonar)

Compromiso (He hecho un pacto conmigo misma para alcanzar esta nueva meta y voy a hacer todo lo que está en mis manos para ello)